Por: Antonio Herrera Cabanillas

En tiempos marcados por la polarización, la desconfianza institucional y la precariedad social, el voluntariado se presenta como uno de los últimos bastiones donde la solidaridad cobra cuerpo. En el Perú, miles de personas dedican tiempo, energía y talento a causas que interpelan la dignidad humana: salud, educación, medio ambiente, infancia, derechos humanos. Y aunque este impulso merece celebrarse, también debe ser mirado con espíritu crítico si aspiramos a que no sea efímero.

Uno de los principales riesgos del ecosistema actual de voluntariado es su fragilidad. Muchos proyectos dependen de liderazgos voluntaristas, estructuras informales y recursos inestables. La alta rotación, la falta de planificación a largo plazo y la escasa evaluación de impacto impiden consolidar procesos sostenibles. Así, lo que empieza como una respuesta generosa, termina muchas veces disuelto por el desgaste o la falta de visión estratégica.

Esta situación no es casual. En el país no contamos con una política pública robusta que articule, promueva y valore el rol del voluntariado como parte de la ciudadanía activa. El voluntariado sigue siendo percibido, en muchos espacios, como una actividad complementaria, desprovista de legitimidad institucional. Esto revela una comprensión limitada del potencial transformador que tiene el involucramiento cívico sostenido.

Apuntar hacia un voluntariado sostenible implica replantear varias dimensiones. En primer lugar, la gestión organizacional: se requiere una arquitectura interna que contemple formación continua, procesos de inducción claros, acompañamiento, sistemas de evaluación y, sobre todo, mecanismos de cuidado emocional. Un voluntariado que no cuida a quienes cuidan está condenado a agotarse.

En segundo lugar, la articulación intersectorial. Las universidades, los gobiernos locales, las empresas y los medios de comunicación pueden y deben asumir un rol más activo en el fortalecimiento del voluntariado.

Integrarlo en programas de responsabilidad social, incluirlo en currículos formativos, visibilizar sus impactos e innovaciones son caminos necesarios para dar solidez y continuidad al compromiso ciudadano.

Y, en tercer lugar, la narrativa. Necesitamos contar historias distintas sobre el voluntariado. No como un acto ocasional de ayuda, sino como una forma de vivir la ciudadanía de manera ética, corresponsable y transformadora. Pasar del héroe solitario al equipo que persevera. Del evento puntual al proceso que se mantiene. De la emoción a la convicción.

La sostenibilidad del voluntariado no es un lujo, es una necesidad. Porque los desafíos sociales no son pasajeros; requieren respuestas que aprendan, evolucionen y permanezcan. Y porque detrás de cada voluntario hay una esperanza: que su tiempo no solo alivie el dolor inmediato, sino que contribuya a un cambio duradero.

No basta con querer ayudar. Hoy, más que nunca, necesitamos voluntariados que no solo se activen, sino que se sostengan. Que no solo respondan, sino que incidan. Que no solo sirvan, sino que construyan futuro.

¿QUIERES DESTACAR TU MARCA O NEGOCIO?

¡ANUNCIA AQUÍ! COMERCIAL@PAGINADOBLE.COM

Deja un comentario