
La elección de José Jerí como nuevo presidente del Congreso de la República es mucho más que una señal preocupante: es la confirmación de que el Parlamento ha perdido por completo cualquier brújula ética, y que se ha resignado a ser el epicentro de la impunidad política. No se trata solo de un nombre más con un pasado turbio, sino de la normalización de un modelo de poder donde los antecedentes cuestionables no son un impedimento, sino casi una credencial de acceso.
Jerí, miembro de la bancada de Somos Perú, partido que tiene por símbolo un corazón, no llega a la presidencia del Congreso a pesar de sus denuncias, sino precisamente gracias a ellas. Su perfil encaja a la perfección con un Legislativo acostumbrado a cobijar personajes con prontuarios en lugar de hojas de vida. Acusaciones por abuso sexual, desbalance patrimonial y presuntos actos de corrupción serían motivo de escándalo en cualquier democracia. En el Perú, son el telón de fondo de una elección parlamentaria sin sobresaltos.
No es llamativo, entonces, que el Legislativo se haya convertido en una de las instituciones con mayor desaprobación en el país. Mientras desde la tribuna se repite el discurso de la moral, desde los escaños se protege a los suyos, se negocia impunidad y se refuerza un sistema que expulsa a los decentes y premia a los cuestionados. El caso Jerí no es la excepción; es la norma.
El Congreso ha dejado de ser un espacio de representación para convertirse en una maquinaria de autodefensa. Lejos de fiscalizar con rigor o proponer reformas serias, se dedica a blindar, obstruir, destituir y, cada vez más, degradar. Bajo la excusa de defender al país, lo están arrastrando al fango.
¿Hasta cuándo toleraremos este deterioro? ¿Hasta qué punto vamos a aceptar que el poder político sea tierra fértil para los denunciados, los investigados, los impresentables? Cada vez que un personaje como Jerí asciende en la escala del poder, la democracia retrocede, la indignación se erosiona y el cinismo se instala como parte del paisaje político.
Su elección es el resultado de un ecosistema podrido que permite —y hasta premia— el abuso, el silencio, el pacto oscuro. Un Congreso que no exige rendición de cuentas a sus autoridades está condenado a ser rehén de sus peores elementos. Y hoy, lamentablemente, lo es. Para ser presidente del Congreso parece ser requisito estar denunciado.
El corazón del Congreso ya no late por el país. Late por sus propios intereses, por la impunidad y por un poder que no responde a nadie. Mientras no enfrentemos esto con claridad y valentía, seguiremos siendo espectadores de una institución que, elección tras elección, se autodestruye… y nos arrastra con ella.
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