
Por: Antonio Herrera Cabanillas
En un mundo hiperconectado y saturado de causas, el voluntariado se ha convertido en una experiencia cada vez más visible pero, paradójicamente, también más efímera. Las imágenes de jóvenes sonrientes con polos institucionales llenan nuestras redes sociales, mientras hashtags solidarios inundan las campañas digitales. Pero la pregunta de fondo es inevitable: ¿cuánto de ese entusiasmo se traduce en un compromiso profundo y sostenido con la transformación social?
El voluntariado ha sido, históricamente, una expresión de empatía activa: personas dispuestas a dar su tiempo, talentos y energía para atender problemáticas que el Estado no alcanza o que la sociedad aún no asume como prioritarias. Sin embargo, en los últimos años, este ejercicio ha sido atravesado por la lógica del «like», el cortoplacismo y la búsqueda de reconocimiento inmediato.
Cada vez más, vemos cómo el voluntariado se convierte en una experiencia de consumo emocional, una suerte de “turismo solidario” que ofrece adrenalina, fotos memorables y una narrativa personal de impacto. Y si bien no se puede negar que cada gesto cuenta, también es cierto que el voluntariado pierde potencia cuando se desconecta de una ética del cuidado constante, del aprendizaje mutuo y de la corresponsabilidad comunitaria.
El problema no está en las nuevas generaciones —que han demostrado un fuerte interés por causas sociales, ambientales y de derechos humanos—, sino en cómo los adultos, las instituciones y los marcos educativos hemos fallado en ofrecer rutas claras de formación, acompañamiento y sostenibilidad para ese deseo de ayudar. La escasez de programas de voluntariado estructurados, con metodologías de impacto y seguimiento real, termina desmotivando o desvirtuando la experiencia.
A esto se suma la falta de una narrativa pública que valore al voluntariado no solo como un “acto noble”, sino como una práctica ciudadana crítica, capaz de cuestionar estructuras injustas, proponer soluciones innovadoras y articular redes de acción colectiva. Necesitamos pasar del voluntariado que “alivia” al que “transforma”. Del que llega por temporadas al que se integra como parte de una vida con propósito.
En el Perú, miles de personas se entregan día a día al servicio voluntario en salud, educación, cultura, atención a poblaciones vulnerables y acción climática. Muchos lo hacen en silencio, sin cámaras ni diplomas, pero con un compromiso admirable. Son estos ejemplos los que debemos visibilizar, potenciar y sistematizar.
Hoy más que nunca, el voluntariado necesita recuperar su profundidad. Requiere de políticas públicas claras, de alianzas intersectoriales coherentes y de una nueva pedagogía ciudadana que promueva la empatía activa y el pensamiento crítico. Que no sea solo un evento, sino una forma de vida. No una moda, sino un compromiso radical con la justicia y la esperanza.
Porque, en tiempos donde la indiferencia parece normalizarse, el verdadero voluntariado no es el que busca ser visto, sino el que se atreve a ver —y quedarse— donde más se necesita.
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