Por: Antonio Herrera Cabanillas

El voluntariado es, sin duda, una de las expresiones más nobles del espíritu humano: personas que ofrecen tiempo, habilidades y corazón para acompañar a otros en situaciones de vulnerabilidad. Pero cuando el acto de servir no viene acompañado de reflexión crítica, fácilmente puede caer en dinámicas que, lejos de transformar, reproducen las mismas desigualdades que busca combatir.

En muchos contextos de intervención social, el voluntariado se ejerce desde una posición de privilegio —educativo, económico, cultural— que no siempre se reconoce ni se problematiza. La línea entre ayudar y “salvar” es sutil, pero peligrosa. Cuando no se entiende el contexto profundo de las personas a las que se sirve, el voluntariado corre el riesgo de convertirse en asistencialismo disfrazado de buena voluntad.

Frases como “yo les llevé alegría”, “les enseñé lo que sé” o “les cambié la vida” revelan, a veces sin querer, una lógica vertical donde el voluntario aparece como el protagonista del cambio, y la comunidad como un receptor pasivo de bondad externa. Esta narrativa paternalista invisibiliza las capacidades, saberes y resistencias de las personas que viven en contextos adversos. Peor aún, puede reforzar estereotipos que reducen a los otros a su carencia, y al voluntario a un héroe.

Frente a esto, urge construir una mirada más horizontal del voluntariado. No se trata de dejar de servir, sino de servir desde otro lugar: uno que reconoce que todos tenemos algo que dar y algo que aprender. Que el dolor del otro no se explota como escenario para el crecimiento personal, sino que nos interpela a repensar las estructuras que generan pobreza, exclusión o sufrimiento. Que el voluntariado no es un acto de caridad, sino de justicia.

En el Perú, donde la brecha de desigualdad es persistente y estructural, este debate es urgente. No basta con llegar a una comunidad con víveres, talleres o sonrisas si no somos capaces de escuchar, dialogar, aprender y construir desde el respeto mutuo. El voluntariado necesita dejar de hablar sobre las comunidades y empezar a hablar con ellas. Reconocer su agencia, su dignidad y su rol central en cualquier proceso de transformación.

Esto implica también revisar cómo diseñamos programas de voluntariado: ¿están centrados en las necesidades reales de las comunidades o en las expectativas del voluntario? ¿Existe retroalimentación desde los beneficiarios? ¿Hay procesos de formación ética, intercultural y de conciencia crítica? Servir no es neutral; tiene consecuencias. Por eso debe hacerse con humildad, cuidado y autoconciencia.

Al final, la pregunta clave sigue siendo: ¿quién sirve a quién? Tal vez, en los mejores casos, el voluntario descubre que no fue él quien llevó luz, sino quien la encontró en medio de una realidad que lo transformó desde dentro. Cuando el voluntariado deja de mirar desde arriba y empieza a caminar al costado, entonces sí, comienza a ser una herramienta real de equidad y reconciliación social.

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