
Por: Edwin Peccio Chavesta
Dentro de la Teoría del Estado se aprecia, en la cúspide del Estado, el poder, que significa la facultad de gobernar y de dictar reglas a la conducta ajena. Se aprecia que el poder es inherente a la naturaleza humana y que el Estado, en un primer aspecto, es la institucionalización del poder.
El poder es la energía organizadora de la vida social. Para Burdeau, el poder es una fuerza al servicio de una idea. “Es una fuerza nacida de la voluntad social preponderante, destinada a conducir el grupo hacia un orden que estima benéfico y, llegado el caso, capaz de imponer a los miembros los comportamientos que esta búsqueda exige”. Aquí, en el momento actual, y ya desde hace varios años, los pseudo partidos políticos están en constante campaña de dádivas hacia la población menos favorecida, con lo que sus liderazgos no se basan en la búsqueda de un orden benéfico de las mayorías, sino para sus propios objetivos de intereses de grupo y subalternos.
Una vez logrado su primer objetivo de trasladar el poder de la población mediante el voto hacia sus partidos, y obtenido el poder, están en la capacidad de ejercer coacción en todo grupo social, así como el derecho a imponer normas, lo que se constituye en hechos evidentes y constantes, dada la naturaleza del poder. La fuerza de que dispone el Estado es tan ostensible que domina por simple demostración, sin que el poder necesite recurrir a ella en la generalidad de los casos, tomando una actitud pasiva la población.
Sin embargo, podemos advertir que, en cuanto idea, el poder pertenece al mundo del espíritu, a diferencia de la fuerza, que pertenece al mundo físico. Por cuanto, la ostentación del poder político a parte de ser temporal por norma, también puede ser quebrada por el movimiento espiritual e indignación de la población organizada. Tiene el poder quien sabe ofrecer a las personas motivos eficaces del obrar; posee la fuerza quien dispone de armas ante las que desaparece toda resistencia, dice Mayer. El poder puede existir sin la fuerza, así como la fuerza puede carecer de poder.
Una muestra del ejercicio espiritual de ese poder lo hemos visto en las últimas marchas realizadas por jóvenes estudiantes y población en general frente al gobierno, tanto del Ejecutivo como del Congreso.
Por otra parte, el poder se ejerce para organizar al Estado y este se instituye en leyes y normas; y en esta institución que organiza la sociedad se cimienta en valores elevados, con vigencia incondicionada, los cuales son: i) El Bien del Estado, ii) El Bien Moral y iii) El Bien de la Justicia (la idea del Derecho). Y, debido a que desde la misma cúspide del poder no se observan y guardan estos valores, el poder mismo puede verse amenazado por el quebrantamiento de esos valores morales y jurídicos. Por aquí viene el tema de la incapacidad moral del presidente, quien personifica a la nación, y no refleja esos valores en su conducta y acciones públicas.
Finalmente, cabría preguntarse: como casi siempre el Estado dicta la legislación de acuerdo con la concepción general de las relaciones humanas, y se dice que es la moral social la que informa al Derecho positivo, ¿las normas dictadas por este Parlamento y promulgadas por este gobierno, que muchas de ellas son normas que se oponen a los principios éticos, va de acuerdo con la moral social del Perú?
Corresponde una primera respuesta de mi parte, y en definitiva pienso que la respuesta es ¡no!; que ciertamente la mayoría de la población ha caído en una pasividad inercial producto de varios factores: la vida electronal de la virtualidad que los abstrae de la realidad material, las necesidades urgentes que cubrir y la violencia criminal en las calles; pero ya se empezó a levantar la voz, las calles son del pueblo.
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