
Por: Antonio Herrera Cabanillas
Basta con mirar las calles en una colecta nacional, una marcha ambiental o una campaña solidaria para confirmar lo evidente: la juventud peruana quiere participar. Tiene la energía, el tiempo, las ganas. Pero también enfrenta un problema estructural: no sabe dónde ni cómo canalizar ese deseo de transformar su entorno. El voluntariado juvenil en el Perú vive atrapado entre la espontaneidad y la falta de estrategia.
Mientras miles de jóvenes sueñan con cambiar el mundo desde su metro cuadrado, el Estado y muchas organizaciones aún no han diseñado mecanismos claros y sostenibles para integrar esa fuerza ciudadana en proyectos con verdadero impacto social. No se trata solo de ofrecer actividades, sino de crear ecosistemas que acompañen, formen y reconozcan el valor de los jóvenes como actores de cambio.
Actualmente, la mayoría de las experiencias de voluntariado juvenil son episódicas: campañas puntuales, eventos masivos, colectas o acciones motivadas por alguna emergencia o festividad. Si bien estas experiencias pueden ser significativas, no siempre se traducen en procesos formativos o transformadores. Son vivencias que motivan, sí, pero que muchas veces carecen de continuidad, de evaluación o de una lógica de desarrollo personal y comunitario.
El problema no radica en la juventud, sino en la ausencia de un sistema articulado que conecte esa energía con causas, territorios y metodologías. El Perú carece de una política pública robusta en materia de voluntariado juvenil que permita construir puentes entre los jóvenes y las múltiples problemáticas del país. Existen esfuerzos valiosos —como el Programa de Voluntariado Juvenil de la Senaju o las iniciativas desde algunos gobiernos locales y universidades—, pero aún son fragmentados y poco sostenidos en el tiempo.
Por otro lado, también es necesario revisar las condiciones del voluntariado juvenil. ¿Se están ofreciendo procesos de formación adecuados? ¿Se valoran sus aportes más allá de lo anecdótico? ¿Se respetan sus tiempos, intereses y derechos? El voluntariado no puede convertirse en una forma encubierta de explotación ni en una actividad que solo sirve para llenar el CV. Tiene que ser un espacio de crecimiento integral, donde el joven se descubra a sí mismo como ciudadano corresponsable.
En este sentido, el reto es claro: necesitamos pasar de una cultura del “activismo improvisado” a una del “compromiso organizado”. Esto implica involucrar a las escuelas, universidades, empresas, gobiernos locales y organizaciones sociales en el diseño de rutas de participación juvenil que no solo entusiasmen, sino que también empoderen y transformen.
Porque cuando el país reclama soluciones, los jóvenes no sobran: hacen falta. Pero no basta con convocarlos; hay que acompañarlos, escucharlos y creer realmente en su potencial. No son “fuerza de apoyo”, son protagonistas de presente. Y si no diseñamos hoy los caminos para que ejerzan ese protagonismo desde el voluntariado, estaremos desperdiciando una de nuestras reservas morales más poderosas.
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