La “Generación Z” tomó las calles de lima y el interior del país el 20 y 21 de septiembre pidiendo pensiones dignas, educación pública de calidad y tolerancia cero a la corrupción. Su voto será decisivo en las elecciones del próximo año.


Desde Lima hasta provincias, el 20 y 21 de septiembre jóvenes de la “Generación Z” salieron a las calles exigiendo que el Estado realice una verdadera reforma del sistema previsional. Su demanda central es que los menores de 30 años no sean obligados a afiliarse a la AFP sin alternativas justas o dignas.
También demandan fortalecimiento de la educación pública, con mayor presupuesto y condiciones decentes para estudiantes y docentes. Reclaman transparencia en el manejo de recursos universitarios y castigo real para quienes desvían fondos.
Contra la corrupción levantan la bandera de tolerancia cero: que los funcionarios corruptos no queden impunes, que las fiscalías actúen efectivamente, y que los procesos judiciales no sean dilatados como estrategia de impunidad.
Los jóvenes denuncian que las reformas recientes ignoran la realidad laboral juvenil, que incluye empleos precarios y bajos salarios. Exigen leyes que respondan a su situación real.
Su manifestación también tiene carácter electoral. Según un análisis de Perú21, en los comicios de 2026 habrá cerca de 6,7 millones de jóvenes de 18 a 29 años habilitados para votar, lo que convierte a la “Generación Z” en un bloque decisivo.
Para muchos analistas, ese poder obliga a los partidos y candidatos a prestar atención seria a las demandas juveniles: no solo propuestas vacías, sino compromisos verificables. Los jóvenes entienden que su movilización no termina en la plaza, sino en las urnas.
Pero la pregunta más crítica es: ¿acatarán las autoridades? Si quienes gobiernan responden con represión, promesas incumplidas o cambios cosméticos, la desconfianza se profundizará. La Generación Z exige no solo ser escuchada, sino que sus demandas sean traducidas en política efectiva.
Las redes sociales han sido un factor clave en su organización. Plataformas como TikTok, Instagram y X han servido para convocar marchas, difundir información y articular mensajes en tiempo real. Esta inmediatez les permitió llegar a más audiencias sin depender de los medios tradicionales.
Otra característica de estas movilizaciones es su diversidad regional: no se limitan a Lima. En ciudades como Arequipa, Trujillo y Cusco, los jóvenes replican las protestas y adaptan las consignas a sus problemas locales, desde la falta de empleo hasta la crisis ambiental.
Los especialistas electorales coinciden en que este activismo digital y callejero puede traducirse en un voto de castigo para los partidos tradicionales en 2026. Quienes logren sintonizar con las demandas de esta generación podrían capitalizar un caudal electoral inédito.
Más que un episodio aislado, la Generación Z está construyendo un nuevo estilo de ciudadanía activa y vigilante. Para ellos, la política no se limita a un acto cada cinco años; la movilización constante y la fiscalización ciudadana son parte de un contrato social que exige resultados y no discursos. Su reto es transformar la energía de las calles en cambios tangibles en el Estado.
Este proceso, además, puede redefinir la relación entre juventud e instituciones, impulsando un relevo generacional en los liderazgos políticos. Si sus demandas se traducen en políticas públicas, podrían sentar las bases de un nuevo pacto social más inclusivo y transparente.
Incluso sectores empresariales y académicos comienzan a mirar con atención este movimiento juvenil, entendiendo que ignorarlo podría profundizar la brecha generacional y el descrédito de las instituciones. La forma en que el Estado y la sociedad respondan a esta energía definirá buena parte del clima político el 2026.
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